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05 agosto 2011

ADIÓS, UNJBG

En el autorradio, la rítmica música de Bob Marley suena con sospechosa fidelidad. Mientras voy a al volante de mi cansado Mitsubishi, no dejo de pensar en los rostros compungidos de Amanda, Miluska y amigos más cercanos. Me repreguntaban sobresaltados:
–¿De verdad te vas de la universidad…?
Y yo les respondía, casi esquivándoles la mirada:
–Sí, me voy de la Universidad.
Sí. Le di vueltas durante incontables noches de insomnio. Me costó decidirlo, pero los signos premonitorios no se equivocan, me voy de la universidad o ella se va de mí...
Ocurre que ya no me gustan sus pasillos ni pizarras, prefiero contemplar desde afuera el silencio de las paredes. Hace rato dejó de hacerme ilusión saltar al escritorio, de madrugada, y preparar las clase del día; disfruto más saborear con egoísmo el menú de mi biblioteca, sólo para satisfacer el apetito de mi lobo estepario. Me fastidia imaginar a los estudiantes como alumnos, me hace feliz tenerlos como amigos.
De pronto, dejó de seducirme la universidad. Como quien presiona el “suich” eléctrico, mi entusiasmo se extinguió súbitamente, dejó de divertirme ir a clases. No estoy contento, pero he determinado oír la voz de la naturaleza, cuando algo te ha dejado de gustar, es señal que llegó la hora de gritar con la voz aflautada, quizá:
–Pareeen… ¡bajo, en la esquina!
Está resuelto, y lo digo con mucho cariño:
–Adiós, no volveré a subir más a esa “combi” llamada UNJBG.
Fui el portero, quien hace más de una década, sonriente y de par en par, abrió las puertas de la Escuela de Derecho. Arribaron los primeros cachimbos para estrenarse en sus aulas; a continuación, quienes serían mis colegas.
Sobre el timón de la Facultad se deslizaron las manos de Presidentes de comisiones organizadoras, Decanos elegidos y Decanos encargados. En sus confines, vi pasar a Rectores que lograron el cargo en elecciones bendecidas por los dirigentes de los grupos políticos de turno quienes, cual dinosaurios de un desértico parque Jurásico, como hasta hoy, deambulaban en el campus universitario. También fui testigo del paso de voluntariosos Rectores designados por la Asamblea Nacional de Rectores, cuando aquellas bestias, a mordiscos y manotazos, peleaban entre sí.
La criatura de apellido ESDE empezó a gatear. Después, a caminar: las promociones, avanzaban a todo vapor, con entusiasmo, casi como un tren de sierra. De sus entrañas comenzaron a emerger los futuros hombres de leyes. Uno a uno, los ex alumnos desfilaban por el salón de grados, tras una interminable escaramuza de talento y conocimientos, la mayoría salían sudorosos, pero contentos, con el título de Abogado bajo el brazo. 
Los dinosaurios están muy lejos de la extinción, en la UNJBG. Como diría nuestro Cesar Vallejo, “Son pocos, pero son…” Normalmente tienen el cartelito de docentes “nombrados”. Viven, pululan y engordan en las cafeterías, escritorios de burócratas o, de cuando en cuando, en las aulas. Han hecho mil piruetas para impedir que ésta Universidad elija democráticamente a sus autoridades. Para ellos, la Asamblea Universitaria es un fantoche: no creen en la democracia. Ese órgano de gobierno les sirve sólo cuando el “cocinado” previo (yo seré Rector; tú, Vicerrector...), se formaliza con las votaciones. No obstante, cuando avizoran que la “correlación de fuerzas” les será  adversa, lo patean, abandonan y dejan sin quórum, simplemente. Los reglamentos están hechos a esa medida.
Los dinosaurios siempre han promovido vivir a expensas de los docentes “contratados”.  Con un sueldo promedio de ciento cincuenta dólares, les asignan la carga académica de un docente a “tiempo completo” o “dedicación exclusiva”, sin el pago del diferencial remunerativo que correspondería. Tenazmente se han resistido sacar a concurso para “nombramiento” las plazas docentes que, según los documentos de gestión de la UNJBG, las mantienen vacantes y presupuestadas. Han preferido tener en las aulas a docentes “contratados” o, en el colmo de la audacia, “SNPs” (contratados vía servicios no personales).
¿Cuál era, y siendo la razón? Generar, mes a mes, dadivosos saldos presupuestales para, luego, como un logro administrativo y bajo el nombre de “El Basadrito” u otros parecidos, repartirlos sólo entre sus colegas “nombrados”.
¡Dios, si don Jorge Basadre estuviera vivo! 
Hay más.
Los dinosaurios periódicamente promueven guerras intestinas, en los claustros. A quienes no se alinean con ellos,  les aguantan largamente los ascensos docentes. A sus “cachorritos”, los promueven a la categoría de Asociados o Principales sin que sea necesario que tengan el grado académico que manda la Ley. Podríamos seguir escarbando en sus madrigueras, pero no estoy aquí para hacer de paleontólogo.  
En ese orden “natural” de cosas, ha sido, lo es y seguirá siendo extremadamente difícil hacer vida universitaria. Y yo he decidido hacer el amor, y no la guerra.
A mis ex colegas, los miro con el viejo catalejo que guardo bajo el escritorio. En particular, nadie tiene porqué sentirse aludido por las líneas que siguen, por favor. Pienso en voz alta, en plural y primera persona; más claro: me incluyo en el grupo que corresponda. Hablo de todos y de nadie. Allá quienes se sientan aludidos. 
Algunos, fuimos contratados por méritos propios, con resolución rectoral y previo concurso público, por supuesto. Otros, por la hábil y prodigiosa “muñeca” de los dinosaurios de siempre, de paso en la ESDE. También, estamos quienes llegamos gracias a la propuesta y el empeñoso, sufrido y, a veces, acallado voto del tercio estudiantil.
Ya en las aulas, siempre lo tuve claro: hay quienes dividíamos el sillabus cual dos tajadas de queso agrio: la primera parte, lo dictábamos en aburridas faenas magistrales; la segunda, la encargábamos a los alumnos a través de entusiastas “exposiciones” (dizque para que se entrenen para sus futuros informes orales), una oda a la flojera docente. No fuimos pocos quienes repetíamos el “cursito” año tras año, de memoria, como el cuento de la caperucita roja - edición pirata. Nunca faltaron quienes jamás supimos de preparación de clases, y detestábamos el momento de ingresar a las aulas, malestar que desaparecía cuando se nos ocurría hablar de todo, menos de la balota del día. También, y es justo decirlo, estaban (¿estábamos?) quienes hacían la tarea completa: se dedicaban, con responsabilidad y solvencia, al estudio, investigación, educación, formación profesional y la difusión de la cultura en sus dimensiones científica, tecnológica y humanística y a la extensión y proyección, como reza el añejo Estatuto universitario.
A quienes fueron mis entrañables discípulos —luego, mis amigos—, a quienes en un raptus de emoción, inclusive, honraron con mi nombre una promoción, gracias por todo. Disfruté el bullicio de sus voces, en los pasillos. Fui feliz parado al frente de vuestras carpetas, teniendo encima esas inquietantes miradas. Gocé absolviendo con entusiasmo cada  una de vuestras preguntas, cargadas de inocencia, curiosidad e, inclusive, suspicacia. Gracias, otra vez, los llevaré en mi corazón palpitante, hasta el pitazo final.
En los confines de la UNJBG, los dinosaurios seguirán agitando sus rabos amenazadoramente. Aun cuando el muro de Berlín ha caído (¡hace veinte años!), seguirán hablando de “socialismo”, “luchas sociales” y practicando huelgas pagadas. Los buenos docentes, honorables maestros y talentosos estudiantes, que por fortuna no son pocos; seguirán haciendo la faena universitaria, con sabiduría, entusiasmo y buena fe.
La combi seguirá su marcha, pero desde hoy sin mí. El lobo estepario que llevo dentro decidió no ser más su pasajero. Alzando la mano derecha y con el corazón herido por la  nostalgia, le hace el adiós… 

08 octubre 2010

En el aeropuerto





Todos van de paso, en el aeropuerto. Agilitos, cual hormiguitas obreras, van y vienen en los pasillos, van y vienen en el counter, van y vienen en las mangas, van y vienen en las escaleras automáticas. Nadie pretende vagar en este vertiginoso paisaje. 

En el aeropuerto, me doy cuenta que llevo demasiada carga encima. Lo compruebo cuando, en la zona de control de equipajes de mano, antes de pasar bajo el arco de control, desembucho todas las cosas que, de por vida, van conmigo. Absorto, en piloto automático, veo que el BlackBerry aterriza sobre la cesta transparente; que el celular de doble chip termina dando vueltas sobre su eje; que las monedas blanco-amarillentas tintinean sin entusiasmo; que la correa de cuero se desliza como una serpiente constrictora en ese nido de polímero. Sólo despierto cuando la billetera, con las tarjetas y el DNI dentro, huye de mis manos, y me angustia una pregunta: ¿si se pierde?
Tras los controles de rigor, caigo en cuenta que el ser existencial desborda los linderos de mi cuerpo. No sólo soy carne, huesos y pensamientos. También, celulares, correas, monedas, billetera, lapiceros y todo eso que, ahora, recupero con ansiedad. Lo compruebo al descender del avión: esa parafernalia viene conmigo, otra vez, pegado, a centímetros o milímetros de mi cuerpo.
Es curioso, a pesar de que todos partimos a diferentes destinos, no podemos escapar del sino de nuestras vidas. En la sala de embarque, si me acomodo, distraído, me aborda el rostro de las cuentas pendientes que llevo encima; si decido navegar a través de la notebook, me asalta el deseo imperioso de ingresar a mi face o gmail; si decido entablar diálogo con alguna cara conocida, vuelven a mí las noticias del pasado. No obstante, mi antídoto, siempre funciona. Algún título, un libro, es suficiente para volar lejos. Lo sé desde siempre. Por eso, instintivamente, con el bullicio del aeropuerto, me acomodo en la zona más apartada de la sala de embarque, cojo la obra de turno y, a través de mis lentes multifocales, que me alivian los padecimientos de la miopía y astigmatismo, devoro con fruición la sopa de letras.
En el aeropuerto, la hora es un mito. Si en Lima son las 00:00 horas, en Madrid son las 07:00 horas; y en Beijing, las 13:00 horas. Sorprendente, ¿verdad?, aquí es sencillo envejecer o rejuvenecer. También es fácil perder algo de mi fastidioso equipaje de vida. En el boarding pass, por ejemplo, no soy Edilberto Cabrera Ydme, sino Edilberto Cabrera; el señuelo de mi destino no es Tacna – Perú, es el vuelo 163; la puerta de embarque a mi vuelo no está ubicada al fondo, a la derecha, número…, es la puerta 14, simplemente.
En el aeropuerto, se me ocurre también que mi vida es una suma infinita de probabilidades. Es probable que mi vuelo despegue a las 17:05 horas, pero nadie puede asegurarme que eso efectivamente ocurra. Ya lo dice “Jarabe de palo”, depende. Depende del clima que haga tanto aquí como en el lugar de mi destino, depende de la inexistencia de alguna avería técnica del avión, depende de los ánimos de los huelguistas de turno, en Cusco –por ejemplo–. Si toman la pista de aterrizaje, “¡Señores, pasajeros, el vuelo ha quedado cancelado!”
En el avión me doy cuenta que es posible y placentero vivir sin el celular. Por los altavoces dicen que el avión va a despegar, y que debemos apagarlo. Cuando lo enciendo, en mi destino, compruebo que el mundo no se ha detenido ni ha sido necesario que me lo cuenten a través del aparato móvil. Ahora comprendo la felicidad de Mario C., mi amigo. No tiene celular, y es feliz. Cualquiera que lo conozca (es un hombre ocupadísimo, socio fundador de un prestigioso bufete de abogados, en Lima) y lea esta infidencia, se sorprenderá. Una vez, en Tacna, le pedí el número de su celular:
–No tengo –respondió sonriente.
–¡Ja! –dije como respuesta.
–No tengo y no quiero tener celular.
–¿Y cómo hacen todos para comunicarse contigo? –insistí con vehemencia.
–Llaman al fijo, pues –respondió encogiéndose de hombros.
–¿Y si no estás? –repregunté con tono malicioso.
–Tengo derecho a no estar, pues, como antes, cuando sólo había teléfono fijo –remachó con indiferencia.
Es verdad. En pleno vuelo, flotando sobre las nubes, disfruto con intensidad orgiástica estar desconectado del bendito celular.
Una vez, por un día, se me ocurrió no contestar el aparato de marras. Craso error. No aguanté ni treinta minutos sin llevarme un encontronazo desagradable. Estaba en la avenida San Martín, en pleno centro de Tacna, a media semana, caminando distraído.
–Riiing… –sonó mi celular. Era Luis M. Decidí no contestarle.
–Riiing… –era Juan A. No estoy, dije mentalmente.
–Riiing… –era César F. No estoy para nadie.
–Riiing… –era el turno de Javier S., mi apreciado amigo. Que no friegue, pensé. No estoy.
–Riiing… –era Javier S., de nuevo. Otra vez él, qué pesado. No estoy, carajo.
Así, deambulaba con el celular en la mano.
–Riiing… –sonó por enésima vez la máquina.
No estoy, no estoy, decía mentalmente al tiempo que ahogaba el odioso timbre con el pulgar de mi mano derecha.
De pronto, no sé porqué, levanté la mirada.
¡Sorpresa!
Me encontré con Javier S., en persona, frente a mí, con su aparatito Nokia pegado a la oreja.
Le vi la cara.
Sonreí nervioso.
–Tengo derecho a no estar. –dije como explicación, mostrándole mi celular...



06 mayo 2009

Vacaciones: fin de la primera temporada



No es falta de cortesía, no es falta de poca consideración,
DE TODO Y DE NADA está de vacaciones.
Pero, ya se le acaba. Y vuelve con
la segunda temporada.

¡Nos vemos!

06 febrero 2009

Un semestre con el profesor Cabrera


Abro mi correo-e de gmail, y me sorprende el mensaje colectivo de Carlos, mi alumno del último año, en la Escuela de Ciencias de la Comunicación. Como sus compañeros, es un cuasi-periodista, con los últimos estertores de estudiante, pasea su cuerpo por los pasajes de la Facultad de Letras de la UNJBG. Su rostro me recuerda al “Comegato”, amigo del célebre comic chileno Condorito. El título de su correo-e dice: "Un día con Edilberto Cabrera".

¡Vaya sorpresa!
Mientras engullo el e-mail de Carlos, me rasco la cabeza sobre una zona que no me pica ni molesta. Termino. Permanezco inmóvil, sintiendo en las yemas de mis índices los guioncillos que se elevan sobre las letras "efe" y "jota" del teclado.
Estas pensando en el “sonso-vacio”, papá, me diría Mauricio. Pero, no. “Distraído” no es equivalente a tener la mente en blanco. Es, más bien, prestar atención a un hecho trascendental sólo para uno mismo, y por lo tanto, más importante de todo lo que —en ese momento— ocurre sobre la faz de la tierra. Yo estoy cavilando en las cosas que, cual mosquitos de pantano, tal vez revolotean dentro de la cabeza de Carlos. Sí, pienso en él, y me reconozco, me veo cuando estudiante, en las aulas de la Universidad San Agustín de Arequipa.
En aquellos días, las lecciones de mi maestro Sergio Nieves Núñez —que en paz descanse—, brillante Abogado penalista, me dejaban haciendo surfing sobre las olas de mis curiosidades. Al término de sus clases, me abrumaba una ansiedad que sólo se extinguía cuando, jadeante, aterrizaba en la Biblioteca Central, primer nivel del museo de la UNSA. Allí, entre páginas amarillentas y empastes de cuero, seguía las huellas de los fractales y el “chiche peludo”; de Schopenhauer y los escritores "malditos"; de la teoría de la causalidad y la indeterminación; temas que, fuera del silabo, mi maestro deslizaba subrepticiamente y con la devoción de un cura franciscano.
Sí, él era un gran penalista y yo un mozuelo veinteañero, que soñaba ser, algún día, un eficiente Abogado civilista y, ¿cómo no?, un escribidor de ficciones. Aún cuando la sumilla de su curso estaba lejos de aquellos temas, mi recordado sensei, Sergio Nieves, nutría todo eso. Y sólo de cuando en cuando me ilustraba sobre el Derecho Penal.
¡Cuánto aprendí de él! Me dio todo lo que un discípulo puede esperar de su maestro: motivación, datos certeros, pistas y retos. El especialista en Derecho Penal sentó los cimientos de mi vocación por el Derecho Civil, pero sobre todo ordenó mis lecturas y preferencias literarias. ¡Qué irónicos son los caminos de la Universidad!
Algo de todo eso creo que está viviendo Carlos. Aunque, claro, estoy lejos de ser su maestro, soy, tal vez, su profesor, su profe, simplemente. Pero, un profe urticante, un profe ambiguo, que enseña y oculta, un profe que se divierte huyendo del silabo, un profe que goza sembrando dudas y picando la modorra académica de los estudiantes.
Sí, algo de todo eso creo que soy, me reconozco como alguien que, en la Escuela de Derecho, empieza hablando del "Acto Jurídico", y termina preguntando a los muchachos: ¿Cuántas veces al día piensan en el "Acto Sexual"?, mientras las alumnas arquean las cejas y los varones, cínicos, sólo atinan a bajar las miradas. Soy alguien que, en la Escuela de Ciencias de la Comunicación, dice que la "Costumbre" es la repetición crónica de ciertos hechos con vocación de obligatoriedad, y concluye diciendo que la "Crónica" es (Juan Villoro, dixit) el "Ornitorrinco de la prosa", pues, de la novela tiene la condición subjetiva y la capacidad narrar desde el mundo de los personajes; del reportaje, el dato exacto; del cuento, la necesidad de contar una historia en un espacio corto; de la entrevista, los diálogos; del teatro moderno, la forma de montarlos; del ensayo, la posibilidad de argumentar; de la autobiografía, el tono memorioso y el relato en primera persona, y un largo e-te-ce.
Creo que ese entuerto, que a veces llamo "clases", cautiva a Carlos. Pero él y sus compañeros se dan cuenta: Este profe no tiene nada de Abogado, piensan. Es verdad, no tengo nada de Abogado. No, por lo menos, cuando viniendo de la "Laguna del Derecho", me detengo irreverente ante la "Fosa de las comunicaciones", y pregunto punzante a los chicos:
—¿Conocen a John Lee Anderson? ¿Conocen a Riszard Kapuscinski? ¿Conocen a Gay Talese, verdad?
Y frente al mutismo que se adueña del salón, agrego entre irónico y apenado:
—¿No los conocen? ¿Ustedes, hombres de las comunicaciones? ¿Y de los contemporáneos qué saben? ¿De Juan Pablo Meneses...? ¿De los peruanos...? ¿De Julio Villanueva Chang, Daniel Titinger, Juan Manuel Robles, Marco Avilés, Gabriela Wiener? ¿Nada...?
No los condeno, todos tenemos derecho a no saber. Pero hay algo que Carlos y sus compañeros no sospechan, sobre todo cuando aquellos silencios invaden al salón: Les tengo envidia.
Sí, guardo para ustedes una feroz envidia por las horas que disfrutarán leyendo y aprendiendo de las crónicas de guerra de John Lee Anderson ("La Caída de Bagdad"); las crónicas tercermundistas de Kapuscinski (en África y Europa del Este); los arrobadores perfiles de Gay Talese ("Frank Sinatra está resfriado", "Hugh Hefner: Un play boy enamorado"). Les envidio porque no han vivido la angustia que se apoderó de mí cuando cerré la última página de Sexografías de la "Gonzo" Gabriela Wiener, o Día de visita del "educado" Marco Avilés, o La vida de una vaca del "ecologista" Juan Pablo Meneses, o Lima Freak del "detallista" Juan Manuel Robles, o Grandes Sobras del "provocador" Beto Ortiz.
Si. Les envidio, muchachos. Gocé leyendo (entre otros) aquellos relatos de no-ficción. Los disfruté inclusive más que, cuando adolescente, devoré las obras ficcionarias de los Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Honore de Balzac, Dostoievski, etc. Les envidio, muchachos, porque sentirán las mismas emociones. Pero, sobre todo, porque esas maravillosas vivencias nunca más se repetirán en mí.

26 diciembre 2008

Jo-jo-jo-jo...


El pavo de navidad me está mirando. Dentro de una bolsa de plástico, yace sobre la mesilla de la cocina. Dice que tiene nueve kilos de peso. ¿De carne o de hielo? No lo sé. A su lado se yergue una cristalina botella de pisco, y un par de jeringas hipodérmicas, que lo acompañan, parecen decir “¡Tengo sed!”. Más allá, con un talante más bien tristón, están diseminados un manojo de pasas y castañas.
Especias convertidas en polvitos multicolores salpican aquel escenario. Junto a ellos, un cuarto de kilo de carne molida de res y otro tanto de cerdo se aprestan a dar su cuota para que, a la media noche y con unos villancicos acariciándonos los oídos; el ave de la nariz colgante regale a nuestros paladares sus deliciosos sabores. Pero, a diferencia de años pasados, cuando las campanas anuncien el nacimiento del niño Dios, no habrá cajitas de regalos bajo el árbol de navidad. ¿Por qué?
Cierta vez, Miluska, mi encantadora hija, me preguntó si, de verdad, Santa Claus existía. También, si era cierto que en las navidades arriaba su trineo desde el polo norte, repartiendo regalos para los niñitos de todo el mundo. Ella tenía siete años de edad, y mientras me petardeaba con aquellas preguntas, sus ojitos le brillaban con cierta picardía. Yo estaba seguro de que esa chiquilla (con pensamientos de viejita) algo sospechaba. A su lado, Mauricio, mi hijo, con dos años menos, tenía los oídos muy atentos, y una enorme dosis de inocencia dibujada sobre su rostro. Yo no sabía qué responder. Sólo se me ocurrió decirles:
—Cuando dejen de creer en Santa Claus, los regalitos dejarán de llegar a esta casa, y el arbolito navideño sólo estará acompañado de adornos y lucecitas.
—¡Yo creo en Santa Claus, papá! —dijo al instante Miluska.
—Yo también…, —acotó Mauricio.
Habían entendido el mensaje.
Sin embargo, hoy, siete años después, algo de mi profecía se ha cumplido. No es que hayan dejado de creer en el barbudo visitante. Es peor: han comprobado que el rollizo personaje nunca había existido.
Cada navidad, con Amanda librábamos una prueba de imaginación. Luego de comprar los obsequios para nuestros hijos, los situábamos en algún recóndito lugar de la casa. Y treinta segundos antes de la media noche, los hacíamos “aparecer” debajo del arbolito: todo un despliegue de ilusionismo.
Algunas veces, Miluska y Mauricio tomaban la decisión de “esperar” al misterioso Santa Claus. Querían ser testigos de su llegada y, con él, de los regalos que les traía “bajo el brazo”. Le aguardaban sentados en los muebles de la sala, mirando al arbolito y sin ocultar los bostezos. Felizmente, nunca lograron vencer al dios Morfeo. Él derramaba sus polvillos mágicos, y los párpados de nuestros vástagos caían abatidos, diez o cinco minutos antes de que las agujas posen abrazados sobre el número doce del reloj.
En aquel preciso instante, con Amanda volábamos al baño del patio de la casa o a la maletera del automóvil o a la última gaveta del closet de nuestro dormitorio. Y sacábamos los regalos “de Santa Claus”. Sigilosos, los depositábamos a los pies del arbolito. Luego, con alboroto y levantando el volumen de la música, les despertábamos diciendo: “¡Miluska, Mauricio, Santa Claus ya dejó tus regalos, están allí!”
Ellos abrían sus ojitos. Desconcertados, corrían y se tiraban al piso. Buscaban las cajas que llevaban sus nombres. Seleccionaban los que les correspondían. Y con ansiedad, los abrían para descubrir qué les había traído el viejito bonachón quien, suelto de huesos, entonces reía a través de la radio: “Jo-jo-jo-jo…” Eran instantes maravillosos.
Este año será distinto. Miluska acaba de confesarnos que hace tiempo, sin querer, comprobó que Santa Claus nunca había existido. Dice que en una ocasión, horas antes de la Nochebuena y a través del celular, recibió mi llamada. Le pedía que nos abra la cochera: con Amanda, llegábamos en el automóvil y el pavo de navidad horneado. Y mientras le hacía aquella solicitud, escuchó a lo lejos y por la misma línea la voz de Amanda, quien me decía: "Los regalos de navidad están en el baño del patio de la casa..."
Cuenta Miluska que tan pronto cortó el teléfono, corrió a ese lugar. Abrió la puerta, y se topó con unas cajas forradas con papel de colores relucientes. Miró en redondo. Le pareció haber encontrado un tesoro: ¡Había dado con los “regalos” de Santa Claus! Impresionada, se llevó las manos a la boca. Lo pensó... Y decidió guardar el secreto, hasta hoy, cuatro años después.
Cuando Miluska terminó de relatarnos aquella historia, un pesado silencio cayó sobre nosotros. Mauricio se quedó sorprendido. Amanda y yo, mudos. Al cabo de unos instantes, reaccioné. Y sólo se me ocurrió soltar una carcajada: “Jo-jo-jo-jo…”

05 diciembre 2008

El alien que llevamos dentro



Todos llevamos un alien dentro. Se oculta entre los miles de millones de células que habitan en nuestro cuerpo. Cual “fedayín” fundamentalista, porta una mortal bomba de tiempo en la mochila. Cuando la activa, por alguna extraña razón y sin que nuestro cuerpo lo requiera, provoca la modificación genética de alguna célula sana, y su crecimiento desquiciado y sin control. El sólo hecho de evocar su nombre, provoca temor: se llama cáncer.

Es un alien perverso. Agazapado, espera durante años la ocasión para activar su letal carga. Así ocurrió con mi madre, Victoria, hace dos décadas. De improviso, cayó bajo sus garras cuando, llena de vida e ilusiones, apenas asomaba a los cuarenta y seis años de edad. En una ocasión viajó a Cusco, lo recuerdo como si fuese ayer. A los dos días estuvo de vuelta en casa. ¿Qué había ocurrido? Sólo dijo que, sorpresivamente, sintió mareos, que sentía caer su cuerpo por el lado derecho. Pensó que era el mal de altura. Fue al médico. Luego de examinarla, le ordenó que retorne, y acuda a un centro de salud.

Suelto en plaza, el alien empieza afectar a la estructura biológica que lo cobija. Después, a las vecinas. Luego, las células madre se propagan por el cuerpo humano a través del torrente sanguíneo o linfático. Y cuando menos lo esperamos, ya es demasiado tarde: aparece convertido en una masa amorfa de tejido carnoso, que ahora se llama tumor.

Así ocurrió con mamá. En poco menos de seis meses, tras conocer las habitaciones y pasillos del hospital (entonces del IPSS), en Arequipa, luego de ser sometida a numerosos exámenes neurológicos, tomografías, quimioterapias y una trepanación craneana, se fue a la eternidad. Antes, perdió la cabellera, perdió peso, perdió el movimiento de su brazo y pierna derecha. Finalmente, perdió la vida. El ocho de marzo de 1988, fecha que guardo en las fibras más íntimas de mi memoria, se apagó como una hermosa flor al acabar la primavera. ¿Qué provocó su deceso? Un glioblastoma multiforme, es decir, un tumor cancerígeno situado en el hemisferio izquierdo de su cerebro.

Mamá fue una más entre sus víctimas. El alien cada año acaba con la vida de ocho millones de seres humanos, aproximadamente; casi veinte mil personas diarias. Los científicos aún no pueden asegurar su origen. Pero, se sabe que, a diferencia de la simple gripe o del no menos temible SIDA, no se transmite por contagio. ¡Qué consuelo...!

Su aparición se atribuye a muchos factores. Para unos, antes que una enfermedad, es una maldición, pues, dicen que viene impregnado en nuestro ADN, que se transmite de generación en generación. Y todo indica que es así. Se ha descubierto la presencia de un gen que entra en acción con los genes BRCA1 y BRCA2. Según se ha comprobado, ese bellaco aumenta el peligro de contraer cáncer a la mama entre las mujeres, en un ochenta por ciento. ¿Qué hacer frente a tan alto riego? ¿Cercenarse las mamas sanas? Es la locura del absurdo. Si aquella tesis es verdadera, soy candidato a padecer un cáncer al cerebro, como mamá. Se me ocurre que el alien, tal vez, ya lo tengo dentro o que su mecanismo de relojería empezó a darme la cuenta regresiva y que, tal vez, se frota las manos cuando escribo esta crónica.

“Por la boca muere el pez”, dice el dicho. Y parece que nosotros también. No en vano se asegura que el cáncer viene con los alimentos que ingerimos. El exceso de grasas, las dietas hipercalóricas están relacionados con el cáncer al colon, recto y riñón. Se afirma que el alcohol también hace lo suyo, no directamente, sino a través de su metabolito el acetaldehído.

Por otro lado, no es extraño comprobar que el cáncer va de la mano con el progreso de la ciencia y tecnología. Algunos conservantes de alimentos tienen comprobados efectos carcinogénicos, y han sido retirados del mercado. Cada año, se añaden nuevos producto a la lista cancerígena. De la misma forma, se asegura que la radiación de baja y alta potencia, la energía que viaja por el espacio, también provoca cáncer. Así, la exposición veraniega a los rayos ultravioletas del Sol o a los rayos X, puede ser suficiente para que el alien detone su artefacto mortal sobre la piel y otras partes blandas.

Se debate si el celular, simpático juguetito del mundo contemporáneo, provoca cáncer. Esos adminículos funcionan a través de una red de estaciones de transmisión-recepción, con antenas colocadas en lugares estratégicos de las ciudades y del territorio nacional. Conforman una gigantesca telaraña de ondas que surcan el espacio atravesando puertas, ventanas, metales y paredes de concreto. También, nuestra piel, huesos, tejidos orgánicos y el cerebro. Y las opiniones están divididas. Por supuesto, las transnacionales de las comunicaciones dicen, a pie juntillas, que el celular no causa cáncer. En tanto que los ambientalistas, revolucionarios de la era post muro de Berlín, que sí.

No hay duda que vivimos en un mundo esquizofrénico. Los científicos pretenden encontrar una respuesta a la pregunta: ¿Qué causa el cáncer? Tal vez sería preferible que planteen el problema de manera inversa: ¿Qué no causa el cáncer?

Es un alien malvado. Se regocija con los habitantes de los países medios y pobres. Más del 70% de sus victimas habitan en esos lugares, donde los recursos para la prevención, diagnóstico y tratamiento son limitados o inexistentes. Los ciudadanos de los países ricos no la ven mejor. Hasta hoy, por lo menos, nadie puede escapar de sus garras, ni siquiera las celebridades. John Wayne, George Harrison, Sigmund Freud, Soraya, Rocio Durcal, entre otros, cayeron en sus garras. La lista continúa. ¿Quién sigue ahora?

10 octubre 2008

El pollo a la brasa


Mientras con Miluska, mi pequeña hija, nos aprestamos a saborear el primer bocado de este suculento pollo a la brasa, en el “Norky’s” del Centro Comercial Risso; en alguna granja del sur de Lima cientos de pollos han sido alineados pico abajo sobre un cordón de metal. Acaban de cumplir los treintaicinco días de vida. Vivitos y suspendidos de las patas, esperan su turno para ser degollados.

Ocho horas antes de recibir el certero tajo que les seccionará la yugular, probaron sus alimentos por última vez. La muerte no le puede llegar antes: el intestino conservaría material orgánico, y contaminaría el proceso de sacrificio. Tampoco, después: la mucosa intestinal desaparecería, y el intestino se rompería con facilidad durante la evisceración. Como se ve, la “última cena” de los pollos ha sido rigurosamente prefijada.

La espera del cuchillazo tampoco estuvo librada al azar. Aún alborotados, fueron acogidos en un ambiente ventilado y bajo sombra. Es indispensable este confort porque las altas temperaturas pueden provocar el descenso del ph muscular, reduciendo la capacidad de retención de agua de la carne. Y por ende, la caída de su peso.

Una cariñosa faja les ha dado un masaje en las pechugas. Luego, pasaron al área de la anestesia. Aquí fueron entregados a una descarga eléctrica disfrazada de "aturdidor": durante cuarentaicinco segundos fueron sumergidos en un recipiente con agua, que albergaba una malla invisible de corriente alterna sinusoidal de cincuenta voltios. No hay garantía de que los pollos, en verdad, hayan terminado relajados y entregados a un sueño celestial. Sin embargo, el rito (y dicen que el paladar, también) exige que pasen a la otra vida sin stress.

Miluska, quien está devorado su exquisita presa, no se imagina que estamos degustando una polla. Y no, un pollo. Los ejemplares “machos” están predestinados al mercado, como carne. Son las pollas (las “hembras”) quienes recibirán el honor de ser cocinados al carbón en la forma del suculento pollo a la brasa. En consecuencia, el plato debería llamarse “polla a la brasa”.

Este sugestivo potaje ya forma parte del arsenal culinario del Perú. No obstante, su genio creador no fue un nativo. A comienzos del año 1950, en Chaclacayo, tras advertir la exquisitez del preparado de su cocinera, el suizo Roger Schuler ensayó su venta en la casa-huerta “Santa Clara”. Con una innegable visión comercial, instaló un anuncio en la carretera central con la siguiente oferta: “Coma todo el pollo a la brasa que quiera por cinco soles”. Asimismo, instituyó un premio: el “record-man” en la ingesta del delicioso manjar, comería gratis. Roger Schuler metió un golazo de media cancha. Los limeños comenzaron a llegar al local en forma masiva, dando cuenta de los sabrosos pollos sin más asistencia que las manos.

Hoy este sazonado plato, acompañado de papas fritas y una deliciosa ensalada, casi forma parte de la dieta habitual de los peruanos. Estoy seguro de que cuando el célebre chef peruano Gastón Acurio lo ha probado frente a una cámara de televisión, ese sospechoso “mmm… (qué rico)”, que dice cada vez que tiene la boca llena; sí fue auténtico. El delirio de los peruanos por este apetitoso plato ya es de antología. A Miluska, que ya acabó su porción de pollo a la brasa, no se le ocurre que sólo en Lima se consumen un promedio de 420,000 pollos al día.

“¿Quieres más pollo?”, le pregunto. “No…”, me responde Miluska cogiéndose el abdomen en señal de satisfacción. Y ella no se imagina que un padre de la patria (entiéndase congresista) el 16 de abril del 2007, al parecer, habría consumido (con cargo al erario nacional, por supuesto) tantos pollos a la brasa que su cuenta ascendió a S/ 369.00 Tampoco, que el legislador habría quedado tan seducido con el sabor del “Yorlas”, que el 25 del mismo mes retornó para consumir una cantidad adicional de pollos a la brasa y pagar, ahora, S/ 428.00

“Papá, invítame una Inca Kola…” me dice Miluska sonriente. Accedo. Y tampoco puede adivinar que el congresista glotón habría vuelto a la pollería “Yorlas” el 27 de abril del 2007, para comer más pollos y, esta vez, desembolsar S/ 397.00

“Gracias. ¿Nos vamos, papá…?”, me pregunta Miluska. Y a ella no se le ocurre que nuestra cuenta, que asciende a S/ 22.00, es nada frente a los S/ 1,194.00 que el congresista pollero desembolsó, en total, en abril del 2007, para satisfacción de la industria pollera del Perú. ¡Provecho…!


09 septiembre 2008

El "Che" de las Ramblas


Fidel Castro está enfermo. El “Che Guevara” goza de buena salud, y vive en Barcelona. Viste traje militar verde olivo, con la fornitura y los borceguíes de rigor. Todos los días se instala en el paseo de Las Ramblas. Y, echando un vistazo al vacío, posa inmóvil sobre un cajón de madera, mientras los curiosos le rodeamos. ¡Es una estatua viviente!

Cuando algunos euros tintinean en la vasija que yace a sus pies, se agita como un robot en señal de agradecimiento. Y comienza a declamar fragmentos de un encendido discurso revolucionario, que concluye con la famosa arenga, convertida en grito de guerra, “¡Hasta la victoria, siempre…!”

El Che “bamba” luce una boina negra, adornada con una estrellita solitaria. Su nariz es recta. Lleva la barba ligeramente crecida y rala. Las facciones de su rostro y la contextura de su cuerpo guardan un extraordinario parecido con quien en vida fue Ernesto Guevara La Serna, el guerrillero que la generación de los sesenta veneró con devoción religiosa. A casi cuarenta años de su sentida muerte, en la selva boliviana, me sorprende ver en las tierras de don Quijote y Sancho Panza a la copia humana del compañero de armas de Fidel y Camilo.

Se podría decir que las Ramblas, emblemático paseo peatonal de Barcelona que une a la plaza Catalunya con el Puerto Antiguo de la ciudad condal, es un fresco digno de un Miguel Ángel Buonarroti. Aquí, tras magistrales pinceladas, emergen simpáticas escenas que identifican a los habitantes de esta metrópoli. En este lugar, al lado de kioscos de periódicos y revistas, cafeterías y restaurantes al paso, puestos de flores y pájaros exóticos, músicos y pintores callejeros; trabaja Rubén Pérez, el Che “bamba”.

También es argentino. Es un “Che” muy bien informado, ha leído casi todo cuanto se ha escrito sobre el Che verdadero. Tras cinco años de investigación sobre la vida del ícono de la revolución cubana, tarea que lo llevó por infinidad de lugares y situaciones –según refiere–, ha tenido la gracia (suerte, tal vez ha querido decir) de juntar vocación (difundir el pensamiento de Che Guevara) y trabajo (ser su estatua viviente).

No es la primera vez que me cruzo con él. Habitualmente, luce amable y cordial. No cobra entrada por dejarse ver. Pero, ya que “representar” al original es su medio de vida, no admite injusticias. Y menos, que no se le abone algún euro por las fotos que se le tome, bajo apercibimiento de alzar su voz de protesta y, a caso –pienso–, de retomar las armas.

La estatua viviente del Che Guevara no es la única que se exhibe. En Las Ramblas hay otras que representan a diversas figuras o personajes. Con sol o frio, ataviados con prendas esotéricas o costumbristas, untados de blanco, sepia o dorado, aquí están, dando colorido y sabor a este bullicioso paisaje turístico.

No todo lo que se ve aquí es loable. Leo en el diario que el Ayuntamiento de Barcelona acaba de anunciar que, a partir del 1º de enero, quedará prohibida la venta de animales exóticos en esta vía. Y, que también está contemplando la posibilidad de someter a una “prueba de calidad artística” a las estatuas vivientes que pretendan instalarse en esta zona. Sospecho que la del Che Guevara pasará con indiscutida suficiencia ese control.

La estatua viviente del Che Guevara destaca con nitidez. Es quien más monedas recibe, y quien mayores controversias provoca. Nadie que pase por aquí puede dejar de verlo. Y sonreír en señal de simpatía. O fruncir el seño como expresión de contrariedad ideológica. Tal vez, la única que le hace sombra en originalidad es la estatua de bronce de Cristóbal Colón, que se yergue sobre una majestuosa base de granito, y una robusta columna de metal de cincuenta metros de altura, en la salida del tramo final de Las Ramblas, frente al mar que los griegos y egipcios de la antigüedad navegaron con vigor.

Para contemplar al marino es necesario levantar la cabeza, casi mirar al cielo. Sólo así me doy cuenta que está señalando al mar con el índice de su mano derecha. Tal vez –pienso–, apunta en dirección a la senda que lo llevó a las supuestas Indias orientales, en el año 1,492. Pero, me equivoco. Barcelona está situada a orillas del mar Mediterráneo. Y desde aquí, siguiendo la línea que sugiere el dedo del navegante, nunca se llegará al continente americano. Sino a Italia o, más preciso, a Génova. ¿Será que Cristóbal Colón quiere retornar a su terruño?

De algún modo, tirios y troyanos siguen matando o resucitando al Che Guevara original. Es su herencia lo que les acomoda o disgusta. Desde que tengo uso de razón, no he cesado de ver, escuchar y leer referencias a él. Es claro que su figura sigue viviendo para quienes sueñan con un mundo más justo y libre. Y, continúa muriendo para quienes sólo representa a una facción de las ovejas negras de la sociedad.

Por su parte, Rubén Pérez, el “Che” de las Ramblas, sigue disfrutando, feliz y contento, de su porción de la herencia guevarista. Mientras tanto, en calles, universidades o discotecas, muchos jóvenes continúan luciendo polos, tatuajes, llaveros y otros adminículos alegóricos al Che Guevara en señal de rebeldía o actitud contestataria. Otros, habitúes del consumismo carroñero (heredero ilegítimo del Che Guevara), persisten en llevarlo como un personaje “light” o “cero calorías”. Y no tienen (ni tendrán) empacho en seguir portando su imagen, la magistral foto de Korda (El Che mirando con decisión al infinito), como un detalle chic y vanidoso.






18 agosto 2008

Quién eres, pe


Ha caído la tarde y sobre ella, la noche. Estoy con Amanda en el apacible y acogedor café-literario “Zeit”. Vengo a escuchar a los jóvenes escritores y poetas, que cada fin de semana se dan cita aquí, a saber de las musas que en ellos habitan, y a tomar nota de las cosas que se traen entre manos.

Algunas veces comparto con ellos la mesa. Otras, les escucho en el proscenio donde, gracias a la buena voluntad de Klaus (dueño de este local), a través de una entrevista y acompañados de una cerveza alemana, dan rienda suelta a sus fantasmas. Hoy viernes, por ejemplo, es grato saber de Mario Carazas, ganador de los concursos de poesía 1999 y 2000 de la Casa del Poeta, y segundo lugar en el concurso de poesía 2006 del Gobierno Regional de Tacna. Asimismo, de Augusto Toledo, reciente triunfador del concurso de poesía 2008 del Gobierno Regional de Tacna.

Un gordito, de andar desarreglado y cabello crecido, es quien promueve y conduce las tertulias. Hace el esfuerzo, hay que reconocerlo. Pero, con frecuencia, olvidándose de su función de entrevistador, suele mutar de roles. Así, algunas veces asume la pose de conferencista. Otras, desliza sus propias especulaciones, y pide al invitado opinión sobre lo que ha dicho. Otras más, recomienda al público asistente lecturas que nadie las ha pedido. Es claro que se olvida de algo elemental: que los presentes venimos a escuchar a los entrevistados. Y no, a él. A juzgar por mi corta incursión física en los corillos culturales, el tipo parece decidido a asumir la pose de “sumo pontífice” de la literatura de este villorrio. Ni modo, son las imperfecciones del paisaje.

Ha concluido la tertulia de hoy. Aumenta la intensidad de la luz sódica en este salón. Y Grover, Jimmy y Alex, mis colegas abogados, me pasan la voz desde la barra. Decido acercarme a ellos. Antes, Amanda, muy comprensiva, me dice que se retira y pide que la embarque en el taxi. Así lo hago. De retorno, voy al encuentro de aquellos amigos. Me alcanzan un vaso de cerveza. Y nos abandonamos a un sazonado coloquio.

De pronto, el gordito entrevistador aparece entre nosotros. Se para a mi lado. Jimmy, al verlo y animándole a participar en nuestro diálogo, le dice a modo de propuesta: “Porqué no organizas un conversatorio sobre Derecho y literatura, para la siguiente semana” Todos asentimos. Salvo, Grover quien le sugiere: “Mejor que sea sobre crónicas...” “Puedes invitar a varios, por ejemplo, a Edilberto”, agrega dirigiéndome la mirada.

Me aluden. Me sobresalto. “¿A él?”, pregunta el gordito con pose displicente y señalándome con el dedo. “Sí, a él”, confundido responde Grover. “¿Y quién es, pe?”, repregunta aquel muchachón, poniéndose más pesado de lo que es físicamente. Pero, no se detiene allí. Inmediatamente, me mira con sus pequeños ojos, que se pierden en ese rostro de luna llena, y me dice a quemarropa: “¿Quién eres, pe?”

“¿Quién eres, pe?… Se me ocurre en esa frase dos cuestionamientos: una existencial y otra literaria. Y, con el perdón debido, quiero especular ligeramente sobre esos temas. A la primera: sí, pues ¿Quién soy? Bueno… yo tampoco lo sé. Y, créanme, lamento no tener la respuesta. Hace cuarenta y cuatro años estoy tratando de responder a esa fastidiosa pregunta. Y, con sinceridad lo digo, hasta ahora no sé “quién diablos soy”.

A la segunda: durante los tres últimos años he venido publicando a tientas (pues, no han sido regulares) este puñado de escritos, que los agrupé bajo el título genérico de “De todo y de nada”. Y algunas veces, ciertamente, me he preguntado: ¿Qué cosas son estas criaturas? Y la verdad, tampoco tengo la respuesta.

¿Qué cosa es este manojo de garabatos? ¿Es literatura, es sub-literatura…? No lo sé. Y no me interesa saberlo, pues, tengo miedo. Sospecho que sí algún día lo descubro, quizá se diluya en la nada aquel deseo imperativo que me aguijonea de madrugada para sentarme al escritorio, y escribir en mi envejecida “lap top”. O, que se pierda la fascinación que me invade cuando “tecleo” y, en cada palabra, dejo huir a mis demonios.

Pero, una cosa es segura: no escribo para recibir las satisfacciones de algún real o supuesto crítico literario. No. Lo hago por una razón más intima y egoísta: para exorcizar a esos habitantes malignos, que cobran vida en mí cada vez que contemplo ciertas cosas o situaciones, que me alegran, entristecen, irritan o conmueven, simplemente. Lo diré de esta forma: no me interesa ocuparme sobre el mundo adocenado y formal. Ya hay quienes lo hacen. Y, bien. Me provoca escribir, por ejemplo, sobre el borrachito de la esquina; saber qué tiene en la cabeza aquel orate hiperactivo; descubrir la dimensión de las amarguras que oculta aquella prostituta; contar qué ha sido de la vida de aquel abogado cuyo patrocinado fue condenado a la pena de muerte, hace más de treinta años.

Tampoco busco recompensas. Menos, las bendiciones de alguna atrevida “vaca sagrada” de la fauna literaria de esta pequeña jungla. Me basta escribir para sentir la magia de verme renovado y libre cada día. Y así lo seguiré haciendo, gracias a la generosidad de este diario y a tu paciencia, amable lector.

Por eso, frente a esa pregunta arrogante, “¿Quién eres, pe?”, que me lanza este señor, no me queda más que soltar una vulgar carcajada. Es la forma de decirle: “Oiga Ud., despistado, ¿cómo pretende que le responda si yo mismo no lo sé?”

06 agosto 2008

Candidato a la presidencia


A la distancia, en medio de la muchedumbre, diviso a Carlos. Avanza con la mirada perdida en el horizonte. Su caminada, chueca y apurada, es inconfundible. Luce desarreglado y sucio. Tiene el rostro castigado por el sol, la barba crecida, el cabello despeinado, y la camisa fuera del cinto. En la mano, pegado al pecho, porta un libro con empaste de cartón. Me detengo para saludarlo. Cruza delante de mí. No me mira.

Carlos fue mi amigo. No sé cuándo llegó al barrio. Sólo recuerdo que, siendo adolescentes, cual ave fugaz aparecía en el parque. En esas ocasiones, en silencio se acercaba al grupo. Tan pronto advertíamos su presencia, “llegó el loco”, alguien decía. Y comenzaban la mofa y los improperios contra él. Y en el rostro del pobre Carlos se dibujaba un gesto de fastidio y humillación. Sin embargo, allí permanecía, quieto y sólo contra el mundo, como un poste de alumbrado público. Yo no gozaba ni reía. Pero tampoco tenía valor para defenderlo. Otras veces, por las noches, le encontraba apostado en la esquina. En esas ocasiones se animaba a hablar.

Pronto descubrí que una suma de filósofos deambulaban en su mente. Advertí que su pensamiento era agudo; y sus palabras, directas y mordaces. Al influjo de mis provocadoras interrogaciones, afloraban sus lecturas. Kierkegaard, Jaspers y otros grandes existencialistas eran infaltables en sus reflexiones.

Recuerdo que una noche lluviosa de diciembre, cuando le pregunté “¿Qué opinas de la evolución de las especies?”, me clavó una mirada fría. Fueron cinco segundos inacabables. No respondió. Más incitante le dije: “No me cabe duda que los hombres descendemos de los monos”. Y Carlos, cual rayo centellante, replicó: “Como dice Nietzsche, los monos son demasiados buenos para que el hombre pueda descender de ellos”.

Nunca conocí a los padres de Carlos. Tal vez los perdió. No tenía hermanos, tampoco amigos. El barracón donde vivía estaba habitado, además, por personas extrañas. Todos vestían prendas negras, como él. No miraban a los lados cuando discurrían por la calle. Salían con los primeros rayos del sol, y retornaban con la noche encapotada.

Un día, así como llegó desapareció. Nunca más supimos de él. Alguien dijo que se volvió loco de verdad que, de tantas ideas chifladas, perdió la razón y que, desquiciado, vagaba por las calles.

Tiempo después, una noche, a la salida del cine, le vi parado en el medio de una vía pública, frente al semáforo en luz roja, delante de los vehículos, y con las manos sobre un timón… inexistente. El semáforo cambió a luz verde. Y Carlos hizo el ademán de coger una imaginaria palanca de cambios. A continuación, hizo el gesto de enganchar en primera. Y partió a paso ligero… Iba sin quitar als manos de ese volante invisible. Tras él, lentamente y en fila india, seguían los automóviles. Comprendí que Carlos se había convertido en uno de ellos.

Otra vez, al medio día, le encontré apostado en una esquina. Con una mano detenía el tráfico, y con la otra la apremiaba. De cuando en cuando, recorría de arriba abajo y de abajo arriba, y en su boca trinaba el silbato con maestría. Los conductores ni se inmutaban. Sojuzgados por el buen actuar de Carlos, esperaban su turno para acelerar la marcha. Al fin y al cabo, no había semáforo. Y Carlos resultaba un oportuno y eficiente policía de tránsito. ¿Coimas?, estoy seguro que no las aceptaba.

Hoy, al cabo de veinte años, Carlos pasa frente a mí. No me mira. Sigue caminando. Ahora veo sus espaldas. Avanza. No resisto más y le digo:

—Hola, Carlos… —No me escucha.

—¡Carlos Torres!, —grito. Él sigue inmutable.

De pronto vuelve. Me clava sus ojos. Viene hacia mí. Está muy cerca. Ahora, casi siento su oloroso aliento. En actitud de saludo me da la mano, y sin rodeos me dice:

—Te invito a la plaza de armas, este domingo.

Quedo confundido. Primero, no me reconoce. Segundo, ¿para qué me invita a la plaza de armas?

—¿A la plaza de armas? —pregunto con voz aflautada.

—Sí. A la plaza de armas. Voy ha izar la bandera —replica sin bajar la mirada.

—¿Por qué izaras la bandera? —repregunto.

—Es que soy candidato a la presidencia del Perú —contesta con firmeza.

Está más loco que antes, pienso.

—No faltes. Te espero —agrega cortante. Y se va.

Camina ágil, cuatro, cinco, seis pasos… Pobre Carlos, pienso otra vez, está más viejo y también… más loco. De pronto, se detiene y vuelve sobres sus pasos. Se acerca casi amenazante. Se para frente a mí. ¿Ahora qué?, me pregunto desconcertado.

—Edilberto —me dice muy serio—. No faltes… Este domingo, te espero.

Acto seguido, se va. Antes, me guiña un ojo, y en su rostro se dibuja una sonrisa, una sonrisa socarrona.

10 julio 2008

Esa revista prohibida


Mi profesora de Geografía era una señora algo pasadita de peso y de años. Cada vez que recibo la visita de su imagen, la veo enfundada en alguno de sus ceñidos pantalones. Esas prendas dibujaban groseramente toda su humanidad. Lucy era su nombre, la profe Lucy. A las diez de la mañana se aparecía en el primer año de secundaria, sección C, mi salón.

—Buenos días… —saludaba instalándose en el pupitre.

Y sus alumnos le respondíamos al unísono con un sonoro “¡Buenos días, profesora!”, mientras nos parábamos como eyectados del asiento de un avión de combate.

La voz de la profe Lucy era chillona. Su rostro nunca ensayaba una sonrisa. Usaba lentes de carey, con lunas oscuras y grandes, que no se los quitaba ni cuando el Sol se había marchado del firmamento. Así, la dirección de su mirada siempre era un misterio. Después de disponer “Tomen asiento”, se dedicaba a buscar en su cartera. Nunca supimos qué. Acto seguido, nos ordenaba sacar el cuaderno. Se paraba lentamente, y empezaba a caminar. Luego, dictaba de un libro. Pobres dedos.

Alguna vez la profe Lucy no llegó a clases. Y como ocurría en esas ocasiones, el salón se sumergió en un murmullo de coliseo. A mi lado estaba Leny, mi compañero de carpeta. No recuerdo bien las circunstancias, pero aún vive en mí el instante en que, lleno de misterio, me dijo:

— ¿Quieres ver algo?

—Sí, Leny —le respondí.

Aquella clase de preguntas siempre concitan una respuesta afirmativa, llena de curiosidad. Y la mía no fue la excepción. Me apegué a Leny quien tenía entre manos un cuaderno. Lo abrió. Y pude divisar en el interior una imagen fuerte y chocante. Era una publicación sorprendente para mis doce años de edad: una revista pornográfica. Estaba impresa a todo color en papel “cuché”. Su formato, pequeño, correspondía al de un cuaderno de veinte hojas.

Leny abría esas páginas apresuradamente, una tras otra. No se divisaban los cuerpos de las parejas. La publicación mostraba, simplemente, grandes primeros planos de los órganos sexuales de un varón y una mujer, en plena copulación. Las imágenes eran crudas, donde predominaban los tonos rosados y marrones, además de salpicados en color crema. Confieso que no me sugerían excitación sexual alguna. Sólo asombro.

Estaba concentrado en esas imágenes, sentado en mi carpeta. Cuando, de improviso, escuchamos el “Buenos días…” de la profe Lucy. Había ingresado al salón. De inmediato Leny cerró el cuaderno; y con él, la revista. Todos nos pusimos de pie, y correspondimos el saludo. “Tomen asiento”, ordenó. Y, como siempre, se puso a buscar en su cartera…

Volvió el murmullo al salón. Y le pedí a Leny la revista, prestada. Accedió. La coloqué adentro de mi cuaderno de Geografía. Y, discretamente, la situé encima de mis rodillas, debajo de la carpeta. Así, aquellas imágenes siguieron cautivando mi atención, nunca antes había visto algo parecido. Absorto en esa sucesión de fotografías, perdí la noción del tiempo. Tan sólo volví en sí cuando a mi lado estaba parada la robusta profe Lucy, con sus lentes enfocados sobre mi cabeza.

— ¡Dame eso! —me ordenó con firmeza.

No tuve otra opción. Levanté la mirada y le alcancé mi cuaderno, con la revista adentro. La abrió. Empezó a hojearla. Su rostro permanecía inmutable. Luego se dirigió a su pupitre. Tomó asiento. Siguió examinando la revista. Al cabo de unos segundos me llamó. No me dijo palabra alguna. Sólo me devolvió el cuaderno, sin la revista. Me mandó volver a mi carpeta. Y empezó con su dictado, como si nada hubiera pasado...

Acabaron las clases de Geografía. La profe Lucy se fue. Leny estaba tan asustado como yo. “¿Qué te ha dicho?”, me preguntó.

—Nada…—le respondí con amargura—. Me jodí… —agregué anticipando que no le iba a delatar como propietario de esa revista.

Me preparé para lo peor. Imaginé a la profe Lucy informando al Director. Me hice la idea de ser expulsado del colegio por ver cosas “prohibidas”. Nadie me había dicho que esas publicaciones estaban vedadas para nosotros, imberbes chiquillos de doce años. Pero, la crudeza aquellas imágenes y los patrones culturales, que entonces no sabía de dónde provenían, me insinuaban que había infringido una regla.

Viví un mar de ansiedad durante más de tres meses. Pero, nunca me llamaron a la Dirección. Tampoco me echaron del colegio. La profe Lucy nos siguió dictando las clases de Geografía. Al cabo de un tiempo mi compañero Leny me preguntó, una vez más, sí me habían llamado el Director.

—No —le respondí.

—Y la profe Lucy se ha quedado con la revista, ¿no? —replicó.

— Sí. Será que le ha gustado… —especulé con inocencia.

20 junio 2008

Mi adorado Hotmail


Acabas ingresar a una cabina pública de internet. Ves al administrador. Está concentrado frente a una computadora, al lado de la puerta principal. Ahora se ha dado cuenta de tu presencia. Levanta la cabeza y te regala una mirada lánguida. ¿Son sus ojos o la pantalla plana del monitor?, te preguntas. No te interesa dilucidar esa duda.

El local es un cuchitril. A la derecha se alinean una saga de cubículos de media altura. El hacinamiento de objetos y personas que allí cohabitan te sugiere que acabas de ingresar al pabellón de un centro penal. Más aún, cuando se te ocurre que aquellos habitantes están atados a esas máquinas a través del "inofensivo" mouse, sin posibilidad ni voluntad de escapar (lo que es peor).

Sabes que en las siguientes horas tú también formarás parte de ese ejército de presos voluntarios. Estas dispuesto a pagar uno, dos, tres, o más nuevos soles por la carcelería. No te importa. Eres una víctima “adquisitiva”, es decir, una víctima que quiere ser víctima. Gran tema para los criminólogos.

—Entra, nomás. La cabina siete y la nueve están libres. –te dice el administrador.

Avanzas. Te imaginas el nueve. El siete no te gusta, mal augurio. Hacia allí vas. Te aprestas a instalarte. Setenta centímetros de largo por otros setenta de ancho: perfecto para quedar inmovilizado. Ingresas. Te sientas. Tus rodillas chocan contra los soportes de la mesita. Te acomodas.

Enciendes la computadora Pentium IV. Mientras carga, encuentras que esa máquina se parece a la gallina "ponedora" de tu tía María. Sí, aquella gallina es “cremita”, el mismo color de las camisetas de la U, mi equipo favorito, se te ocurre. Miras alrededor. Contemplas la mesita. Y ahora crees que aquella máquina está sentada sobre un nido. Claro, no faltaba más. Si es una gallina ponedora, es lógico que se instale en un lugar adecuado para poner sus huevos. ¡Viva la U!

Ahora si. Escuchas el sonido de apertura del Windows XP. Cual estrellas del firmamento, ante tus ojos van apareciendo una sucesión de íconos de programas que no sabes para qué sirven. Acaba de aparecer el único que realmente te interesa: el de “Internet Explorer”. Te alegras. Ansioso coges el mouse, y con el puntero le das un clic. No puedes dejar de sentirte victorioso.

Si. Ya estás navegando. Ahora le das un "clic" al vínculo que te lleva a “Hotmail”. No se te ocurre que empiezas a ser parte de un paisaje surrealista: estás conectado con el mundo entero, eres parte de esa multitud que llaman “aldea global”. Sin embargo, el precio que pagas es alto: lo haces asumiendo la actitud de un anacoreta, entregado a la contemplación y sumergido en la más absoluta soledad. Estas especulaciones no te importan. Más todavía, si te acabas de animar a ingresar a tu correo-e. Lo abres. En la bandeja de recibidos tienes una lista de mensajes nuevos. Eres una persona súper relacionada. No faltaba más.

Le das "clic" al correo más reciente. ¡Oh…! Es una cadena. El mensaje que trae es conmovedor. Te cuenta la historia de un niñito sin brazos, sin piernas, sin cabeza, sin padres, sin mascota y deforme con un kion, por culpa de las emanaciones radioactivas de la central nuclear de Chernóbil, que explotó hace más 20 años en la ex Unión Soviética. Te dice que eres el salvador. Lo único que tienes que hacer es reenviar ese mensaje a todos tus contactos. Y la "Institución Caritativa para niñitos sin brazos, sin piernas, sin cabezas, sin padres, sin mascotas y deformes como un kion” abonará 0.25 centavos de dólar por cada mail reenviado. Qué historia tan triste. Casi te pones a llorar. Pero, te alegras. Estás convencido que tienes la oportunidad de ser buenito. Así lo decides. Y sitúas el puntero en “reenviar”. Cargas a todos tus contactos. Y ¡Clic...! Adiós sentimiento de culpa: hágase millonario ese niñito y recobre la salud entera y, de paso, a su mascota.

Sigues con los correos nuevos. De nuevo "clic". Encuentras otro mensaje en cadena. ¡Oh…! Este si es sublime, es de autoayuda. Dice que “Amigo es el que está a tu lado cuando todos se han ido de juerga, amigo es el que está a tu lado aunque seas feo, amigo es el que está a tu lado aunque te debe dinero y ni sueña con devolvértelo, amigo es el que está a tu lado cada vez que estas dispuesto a invitar la borrachera, disparando como Rambo en el pub o karaoke de moda”. Qué maravilloso, piensas. ¡Viva la amistad! El que te envió el correo no puede ser más fresco. Dice que debes compartir el mensaje reenviándolo a todos tus amigos, inclusive, a él. Y serás un buen amigo. ¡Qué bacán! Así lo haces. ¡Clic...! Y ahora te sientes el hijo favorito de Paulo Coelho.

El siguiente mensaje te captura en el acto. ¡No rompas esta cadena!, te advierte. ¡Es milagroso! "Carta a la Virgen quinceañera", se titula. Y dice: “Virgencita, el otro día te pedí por la vida de mi tatarabuelo, y me lo concediste (a sus 165 años, sigue vivito y coleando el muy conchudo), el otro día te pedí que la selección peruana de futbol consiga un resultado distinto a los anteriores, y me lo concediste (perdió 0 a 6 a con Uruguay), el otro día te pedí que cambiaras mi situación financiera, y me lo concediste (me notificaron con una demanda de cobro de soles). ¡Qué maravilloso poder taumatúrgico!, piensas. El mensaje dice también que debes reenviar la cadena a 20 personas. Caso contrario, sufrirás toda clase de males por el poder de "He Man" y la "Virgen quinceañera".

Ahora no sabes si continuar leyendo los correos que siguen, o bucear en “Google”. Mientras te decides, empiezas a hacer círculos bobos con el mouse.

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